loader image

Luis Camasca Córdova

Cheqollo

Luis Camasca Córdova

Hablar de Luis Camasca Córdova, conocido como “Cheqollo”, es recordar el canto del alma ayacuchana. Nació el 11 de octubre de 1929 en Huamanga, en la tradicional “Tambo Calle” —hoy Jirón Dos de Mayo—, en el corazón mismo donde la música y el arte respiran.

Hijo del reconocido luthier Claudio Camasca Pérez y de Inocenta Córdova Díaz, Luis creció entre maderas nobles, cuerdas y melodías. De su padre aprendió el arte de dar vida al sonido: talló guitarras, charangos, laúdes, mandolinas, bandurrias, arpas y violines, convirtiéndose en uno de los luthiers más talentosos y versátiles del Perú. Sus obras trascendieron fronteras y hoy resuenan en países como Canadá, Francia, Alemania, Suiza y Estados Unidos.

Pero “Cheqollo” fue mucho más que un artesano. Fue un artista integral, un hombre alegre que participó activamente en los carnavales de Ayacucho y que fundó la comparsa “Dos de Mayo”. Desde su barrio, cultivó la cultura ayacuchana con entusiasmo, compartiendo su arte entre vecinos, amigos y músicos.

También fue un padre ejemplar, y de su ejemplo nacieron nuevas generaciones de artistas. Sus hijos Luis y Alejandro Camasca heredaron sus manos creadoras y su amor por la música. Hoy, el Maestro Alejandro Camasca continúa ese legado con maestría, llevando el charango ayacuchano al mundo entero, como lo demuestra su reciente disco “Melodías Instrumentales del Mundo”.

Por su aporte al arte y la cultura, Luis Camasca Córdova fue reconocido por el Congreso de la República en 2005. Partió el 8 de julio de 2010, pero su espíritu sigue vivo en cada nota que vibra desde un charango ayacuchano.
Su legado no solo se escucha: se siente, se recuerda y se honra.

 

UNA MIRADA DESDE EL INTERIOR

El legado familiar del sonido

En esa casa de Tambo Calle, donde la conversación cotidiana se mezclaba con el sonido del charango y la guitarra, se forjó una tradición que unió a toda la familia. Luis transmitió a sus hijos no solo la habilidad del luthier y el oído del músico, sino también la alegría de compartir el arte como un gesto de amor. Hoy, su legado continúa resonando en la voz y las manos de sus descendientes, recordando que, en los Camasca, la música es herencia, memoria y destino.